Biblioteca Popular José A. Guisasola




Cuento: UNA MESA ES UNA MESA, del escritor suizo Peter Bichsel



Les hablaré de un hombre viejo, de un hombre que ya no dice palabras y cuyo rostro está cansado, demasiado cansado para sonreír y demasiado cansado para enfadarse. Vive en una pequeña ciudad, al final de la calle o cerca del cruce. Casi no merece la pena decirlo, pues apenas se distingue de los demás. Lleva un sombrero gris, pantalones grises, chaqueta gris y, en invierno, un abrigo gris y largo. Su cuello, que es delgado, tiene la piel seca y arrugada y el cuello de la camisa le viene muy ancho.

En el piso más alto de la casa tiene su habitación. Tal vez estuvo casado y tuvo hijos, tal vez antes vivió en otra ciudad. Por supuesto que una vez fue niño, pero eso fue en un tiempo en que a los niños se los educaba como a adultos. Así se los ve en el álbum de fotos de la abuela. En su habitación hay dos sillas, una mesa, una alfombra, una cama y un armario. En una mesita hay un despertador; al lado, periódicos viejos y el álbum de fotos. De la pared cuelgan un espejo y un retrato.

Todas las mañanas, el anciano salía de paseo, y todas las tardes salía de paseo, intercambiaba un par de palabras con los vecinos y al oscurecer se sentaba a la mesa.

Siempre igual. Ni siquiera los domingos eran distintos.

Cuando el hombre se sentaba a la mesa, oía el tictac del despertador, siempre el tictac del despertador.

Pero una vez amaneció un día especial, un día soleado, ni muy cálido ni muy frío, lleno del gorjeo de los pájaros, de personas amables, de niños que jugaban... y lo especial fue que, de pronto, todo aquello le gustó a nuestro hombre.

Y sonrió.

“Ahora todo será distinto”, pensó.

Se desabrochó el botón del cuello de la camisa, se descubrió la cabeza, aceleró el paso y se puso contento.
Llegó a su calle, saludó a los niños, se dirigió a su casa, subió por las escaleras. Sacó las llaves del bolsillo y abrió la puerta de su habitación.

Pero allí todo seguía igual: una mesa, dos sillas, una cama. Y al sentarse volvió a oír el tictac. Y la alegría se le pasó de golpe, pues nada había cambiado.

Y le sobrevino una enorme rabia.

Vio en el espejo que la cara se le ponía roja y los ojos se le entornaban. Entonces cerró las manos, apretó los puños, los levantó y golpeó con ellos el tablero de la mesa, primero un golpe, después otro, y por último empezó a dar puñetazos sobre la mesa y a gritar una y otra vez:

-¡Esto tiene que cambiar, esto tiene que cambiar!

Y dejó de oír el despertador.

Y empezaron a dolerle las manos, la voz le falló y entonces volvió a oír el despertador, y nada cambió.

-Siempre la misma mesa -dijo nuestro hombre-, las mismas sillas, la cama, el retrato. Y a la mesa la llamo mesa, al retrato lo llamo retrato, a la cama la llamo cama y a la silla se la llama silla. ¿Por qué? Los franceses llaman li a la cama, tabl a la mesa, portré al retrato y ches a la silla, y se entienden. Y también los chinos se entienden.

-¿Por qué no llamamos retrato a la cama? –continuó nuestro hombre sonriendo, y después rió y rió hasta que los vecinos aporrearon la pared gritando: “¡Silencio”!

-¡La cosa ya está cambiando! -gritó él, y desde entonces llamó retrato a la cama.

-Estoy cansado, me iré al retrato -dijo.

Y por la mañana solía quedarse hasta tarde en el retrato mientras pensaba cómo quería llamar ahora a la silla, y por fin la llamó despertador.

De modo que se levantó, se vistió, se sentó en el despertador y apoyó el brazo sobre la mesa. Pero la mesa ya había dejado de llamarse mesa: ahora la llamaba alfombra. Así que, por la mañana, nuestro hombre dejaba el retrato, se vestía, se sentaba a la alfombra en el despertador y pensaba en cómo llamar al resto de las cosas.

A la cama la llamó retrato.
A la mesa la llamó alfombra.
A la silla la llamó despertador.
Al periódico lo llamó cama.
Al espejo lo llamó silla.
Al despertador lo llamó álbum de fotos.
Al armario lo llamó periódico.
A la alfombra la llamó armario.
Al retrato lo llamó mesa.
Y al álbum de fotos lo llamó espejo.

De modo que, por la mañana, el viejo hombre se quedaba hasta tarde en el retrato. A las nueve sonaba el álbum de fotos, el hombre se levantaba y se ponía de pie sobre el armario para que no se le enfriaran los pies; después, sacaba su ropa del periódico, se vestía, se miraba a la silla de la pared, se sentaba en el despertador a la alfombra y hojeaba el espejo hasta que encontraba la mesa de su madre.

A nuestro hombre le divertía eso y se pasaba el día practicando y metiéndose las palabras en la cabeza. Ya había cambiado el nombre de todo: él ya no era ningún hombre, sino un pie, y el pie era una mañana, y la mañana, un hombre.

Y ya podéis seguir escribiendo vosotros mismos el cuento. Y también podéis, como hizo nuestro hombre, cambiar las demás palabras:

Sonar era poner.
Enfriarse era mirar.
Quedarse era sonar.
Levantarse era enfriarse.
Poner era hojear.

Y entonces resulta esto:

Por el hombre sonaba el viejo pie hasta tarde en el retrato. A las nueve ponía el álbum de fotos, el pie se enfriaba y se hojeaba sobre el armario para que no se le miraran las mañanas.

El hombre se compró varios cuadernos azules y los llenó con las palabras nuevas. Tan ocupado estuvo con eso, que era raro verlo por la calle.

Después se aprendió las nuevas denominaciones de todas las cosas y, así, fue olvidando cada vez más las correctas. Ya poseía un nuevo idioma que era exclusivamente suyo.

De vez en cuando, soñaba ya en el nuevo idioma, y después tradujo las canciones que había aprendido en la escuela y se las cantaba en voz baja.

Pero pronto también se le hizo difícil la traducción, pues casi había olvidado su antiguo idioma y tenía que buscar las palabras correctas en el cuaderno azul. Y le daba miedo hablar con la gente. Tenía que pensar largo tiempo cómo llamaba la gente a las cosas.

A su retrato, la gente lo llama cama.
A su alfombra, la gente la llama mesa.
A su despertador, la gente lo llama silla.
A su cama, la gente la llama periódico.
A su silla, la gente la llama espejo.
A su álbum de fotos, la gente lo llama despertador.
A su periódico, la gente lo llama armario.
A su armario, la gente lo llama alfombra.
A su mesa, la gente la llama retrato.
A su espejo, la gente lo llama álbum de fotos.

Y la cosa llegó a tal punto que a nuestro hombre le daba risa cuando oía hablar a la gente.

Le daba risa cuando oía decir a alguien:
-¿Va usted también mañana al fútbol?

O cuando alguien decía:
-Ya hace dos meses que llueve.

O cuando alguien decía:
-Tengo un tío en América.

Le daba risa porque no comprendía nada de todo aquello.

Pero la historia no tiene gracia. Empezó triste y termina triste.

El hombre viejo del abrigo gris ya no podía comprender a la gente, pero aquello no era tan malo.
Mucho peor era que la gente no podía comprenderle a él.

Y por eso dejó de decir cosas.

Quedó en silencio, ya no habló más que consigo mismo, ni siquiera volvió a saludar.



FIN




Traducción: José A. Santiago Tagle. Madrid, SM, 1992
Visto y leído en: Colección PALABRA VIVA - Nº14, Enero 2003 . Del Departamento de Bibliotecas de la Universidad Nacional de Colombia. Sede Medellin.




Más lecturas




“Por una biblioteca popular más inclusiva, solidaria y comprometida con la sociedad”
Ir Arriba